Dilema y otros textos
DILEMA
Sólo era feliz intérprete, lector
o personaje, tenor o barítono,
galán o marioneta. Mas no en su vida,
el ser correspondiente a aquella cifra
o algún aniversario. La vida trascendida
en luz que otros crearon, en fuego
indomable, escena o sinfonía,
fusión universal, no en la grandeza
del yo y en su miseria. Allí, traspiés
o fuga y entelequia, chinesca sombra,
arrogante demencia hamletiana,
la solitaria del bufón o la sombra paternal
y la arrojada a Ofelia. La insolencia
infantil de la risa impenitente. Bulle
el sempiterno don ante su auditorio,
pero regresa al punto el nombre
propio y se instala una vez más la fría
consciencia del dilema, el de no
ser quien es y no poder perseverar
sino en el no ser que siempre fuera.
TÚ PLURAL
Car tu es le Toi de ma vie.
Y ese tú ha sido siempre el mismo,
con nombres, rostros, cuerpos, huellas
digitales y sombras únicas, distintas.
Los tú forjados eran una y singular.
También lo fue en la mudanza
el sentimiento, en apariencia tormentoso
o lisonjero, arcádico o solemne,
histriónico o mordaz. Mi sueño,
mi deseo y condición trazaron
vuestra suerte en mí: mi representación.
Sólo ahora, en este encierro, enhebro
la aguja sobre la túnica policromada.
Cubrirá mi descenso una vez más.
Múltiple y vario por las dispares huellas
de tu ser, un tú plural conforma
la elevación, la gravedad y oscura
acentuación del pronombre,
hecho de tantos tú consecutivos:
así mi vida, tu poliédrico cristal.
EL SURCO
Preguntas, entre ansioso y arrogante,
dónde está… Y te respondo que está
en ti y en quien ignora si está o fue.
Una invisible columna de luz se abre
camino entre mis pensamientos
y los hechos, entre mis conjeturas
y los seres y las cosas. Por eso no puedes
vacilar, ni puede atenazarme la incerteza
ni la superstición emponzoñada.
He de ensanchar el cauce, la intangible
senda sideral, abierto el surco en el aire
y, disipados los rumores, oír solícito
el aviso entre las hojas del balcón
y arrojar al arcén las huellas falsas.
Transferida a ese lugar, la maraña hostil
de la emoción revierte su rigor y apacigua
la ansiedad, cediendo el torpe descuido
a la mano maestra, donde se calma
el frenesí y se colma de amor el miedo,
mutado en su figura. Pues ya la fuerza
no sujeta en su aflicción al débil y la Hidra
cesa de multiplicar su vil cabeza.
Dónde está si ahora no está, demandas.
En tu misma pregunta. Se abre camino
para iluminarte en tu silencio, en tu ruindad.
DICHOSO GORRIÓN
Erguida en la aguja del platanero
se dibuja la silueta de un gorrión.
Hoy resucita, ayer amenazado,
en el tiempo de otra plaga invulnerable
a su gorjeo. Un entorno silente permite
auscultar sus trinos sobre el vivo acorde
ojival donde armoniza sus tonadas
de solista. En la tierna cúpula
verdosa se detiene durante un lapso
de felicidad: la de un atento
espectador. Vigoroso en su frágil
existencia, el cantor no necesita más
de cuanto allí reflejan sus pupilas
tan oscuras como el barro y tenues
como el pan que su pico desmigaja.
Entre el pino y los olivos cruza
los etéreos pabellones, sin barreras
ni estrofas, y se detiene un segundo
ante otros ojos no ignorantes
de su nombre y, por ello, enemigos
esenciales de su ser. Solitario
o en pareja, recupera en el tránsito
de luces su humildad común y sabe
puntear, en el coro de lo nidos,
la oración de despedida o el albor
de los saludos. Tímido y, al tiempo,
audaz, salta y ya se esconde, y sabe
camuflarse por entrelazadas ramas
o en la tupida enredadera.
¡Oh, dichoso tú que, sin saberlo,
eres, y así cantas tu ser!
En tanto yo, me contristo y hundo
la cuerda en el pozo para ansioso alzar
algún destello vacilante de esa luz.
En la cumbre de tus fuerzas,
sobre un ángulo viviente al vértice
elevado, observas sin juzgar cuanto
de quieto o fugaz ante tu vista
emerge. Picoteas la hoja más tenue
y te dispones a extender tus alas
-a ensanchar tu levedad- acercándote
al balcón, como nunca antes hicieras,
y en su alero saludarme, sin penuria
y sin enojo. Despojado, libre
-salvo tu alada silueta- te alejas
del hombre poderoso que gorjea
con torpeza, se acongoja ante el ocaso
y en la aurora se arrepiente.
DE MI RECREO
Claro. Claro que sí. ¿No te habías
dado cuenta? Todos, o con todos,
con todos menos contigo mismo, pues
era excesivamente cercana la culpa,
la ansiedad y el desatino. No bastaba
con creer que tenía que salvar
los muebles y afianzar las anclas
pues las naves no podían sumergirse
por tormentas imprevistas. No.
No era sólo esa horrible desazón
cuando llamaba y no podías, o cuando
dejaba de llamar o cuando sí pudiste
escucharlo y entonces brotaban consuelos
cual saetas. Bastaba en fin que la música
sentida como notas de un mismo
acorde volviese a sonar, entre informes
de contagios y de muertes; bastó, sí,
esa melodía tan sencilla para hacerte
comprender que seguías intentando
no el bien ajeno ni tan siquiera el alado
alivio de la alianza. Era tan sólo no
aceptar y, por tanto, no tejer a fondo
la palabra duelo ni su certidumbre
desgarrada. Bastó un momento tuyo
de descuido por donde fueron gritando
haces de verdades hasta que estalló
la voz: permanente, viva en la escala
donde unas tijeras de podar vertían
hiedras vetustas de sus muros, secas
y verdeadas. Vuestro adorado encuentro.
Su fundación atemporal. Traslúcido
en su cuerpo. Sitiado por el sitio…